Pasaron unos días, y recibí un mensaje: “Tenemos que hablar, luego te veo.” Era él. No le contesté y decidí ignorarle por todo el daño que me había hecho pero unas horas después recibí otro mensaje que decía que estaba debajo de mi casa esperándome y bajé.
Allí estaba aguardando con una sonrisa, la cual no parecía del todo sincera. Me monté en el coche y le dije que no iría muy lejos ya que en breves volvería casa. Él me dijo que no me preocupara, que solo quería contarme la verdad.
Paramos en un camino al lado de un riachuelo, ya habíamos estado ahí mas veces juntos hablando. Se hizo un silencio incomodo que ninguno de los dos sabía como romper. Le mire y estaba nervioso tocando el volante constantemente y con la mirada perdida en algún punto del frondoso bosque que teníamos delante. Me empecé a impacientar y fui a abrir la boca para hablar pero me corto antes de que dijera nada con un triste “Lo siento”.
Me eché a llorar y me abrazó, le dije que no me tocara que estaba así por él que me había partido en dos. Me cogió la mano y me la besó, levante la cabeza y vi una lagrima cruzando su preciosa cara, le dije que me explicara lo que había pasado y me dijo que me iba ha hacer daño pero que no quería volver a mentirme nunca más.
Su amigo le había llamado para contarle como estaba yo y también que me había dicho quien era ella. Él me explico que si me quería y que había pasado algunos de los momentos mas felices de su vida conmigo pero que aún se querían y que no podía engañarme. También me dijo que no había dado señales de vida ni me había contestado por miedo a lo que yo le pudiese decir y que necesitaba ver las cosas por si mismo y aclararse de lo que quería.
Me quedé sorprendida con la franqueza que me lo había explicado, no obstante le expliqué mi situación. Que no daba crédito a que desapareciera de esa manera sin siquiera explicármelo ni dar la cara, y me dijo que no había sido capaz, que lo que mas daño le podía hacer en el mundo era verme llorar y se había acobardado.
Hablamos horas y horas hasta que no supimos que más decir y nos besamos. Nos queríamos como dos amantes de película, no podía dejar de besarle y el a mi tampoco. En unos instantes supimos lo que uno sentía por el otro, sin mentiras, sin engaños, solos, juntos, amándonos de nuevo.
Era totalmente de noche y decidimos pasar la noche juntos hablando y viendo las estrellas una vez más, siempre nos encantaba contarlas porque decíamos que por cada beso que nos diéramos una nueva estrella se encendería en el oscuro cielo y así alumbraría siempre nuestro camino para que nunca nada nos separase.
Me prometió no mentirme nunca más y le robé un beso. Posando mi cara sobre su pecho y con la sonrisa más grande de todas me dormí junto al hombre que más quería.
Amaneció y nos despertamos, me llevó a mi casa y quedamos para comer juntos y pasar el día por ahí. Me duche y me cambié de ropa, la alegría me invadía de nuevo volvía a brillar el sol en mi cara y mi sonrisa a despertar, reflexioné lo poco que se necesitaba para ser feliz en la vida, y que era cierto que cuando estas con la persona que te quiere de verdad todo lo demás no importa, puede pararse el mundo, puede dejar de brillar el sol, pero mientras él esté ahí nada podrá ensombrecer mi alegría.
Llamé a varias amigas para contarles que lo había arreglado con él y todas me felicitaron y se alegraron excepto una. Ella dijo que era extraño que volviese de esa manera, que donde había dejado a la otra y que porque de nuevo tanto interés en mi. Decidí no hacerle caso ya que hay que disfrutar la miel del presente y me despedí de ella.
Me mandó un mensaje diciendo que me estaba esperando debajo de mi casa y sin dudarlo bajé. Allí estaba mi estrella favorita mirándome y como si fuera la ultima mujer del mundo me agarró y me besó.
Arrancó el coche y me dijo que íbamos a comer a un bonito lugar, que era una sorpresa. Yo tan impaciente como siempre le intenté sacar el sitio pero no hubo manera. Iba observando el cálido paisaje veraniego y supuse que íbamos a la costa porque vi dos toallas en la parte trasera.
Llegamos a una especie de acantilado desde donde se veía todo el mar, baje del coche asombrada por la inmensidad del azul eterno y mi amor me dio un beso. Estaba segura de ser la más feliz del mundo en aquel momento nada ni nadie podría arrebatarme semejante paz.
Comimos y nos tumbamos al sol. Yo estaba durmiéndome poco a poco con el sonido del las olas y la ligera brisa acariciándome la piel cuando me dijo algo que me paralizó. Me confesó que había estado con ella de nuevo hablando y arreglando cosas. Le explique que no pasaba nada mientras no se fuese de mi lado, que siempre iba a estar al pie del cañón hasta que el me dijese lo contrario y que esperaba demostrarle que merecía la pena de verdad.
Alzó la cabeza y me miró a los ojos, volvió a tumbarse y paso sus labios por mi oído susurrándome que nunca me dejaría.


